miércoles, 20 de marzo de 2013

Ciudad de M


Me devoraba un  helado en una de las esquinas del mercado de Magdalena del Mar. Era el postre perfecto para ese día con más de treinta grados. Después de un almuerzo consistente, mis ojos se movían con rapidez observando todo lo que acontecía alrededor. De pronto sentí que tenía una mirada encima, por un momento pase de ser observador a ser observado. Se trataba de una mujer de cuarenta años aproximadamente. La mujer era delgada, de cabello color amarillo ocre. Me sorprendió estirándome la mano. No entendía muy bien que pasaba. La miré con una cara poco amigable, ella acercaba más su mano hacia mí y noté que tenía una moneda. Yo ahora la miraba con cara de sorprendido y luego me enfurecí más en ese momento. A la señora se le quitó la sonrisa de miércoles de su rostro y se ruborizó. Luego no paraba de pedirme disculpas por el incidente. La miré fijamente y la tilde de loca.
Ya camino a la chamba pensaba lo sucedido. No llegaba a entender por qué para la mayoría de gente el hecho de estar en una silla de ruedas es sinónimo de mendigo. ¿Llegan a tenernos lástima? ¿Por qué tienen esa mentalidad? Estoy seguro que la discapacidad existe pero no de parte de los que padecemos una lesión neurológica, física o motora, sino de una sociedad que no es capaz de tolerar a personas distintas. A decir verdad, la ciudad misma nos discrimina, su diseño es, desde luego, una forma de limitarnos. Esos alcaldes, ingenieros, arquitectos nunca piensan más que en la comodidad de una parte de la población al construir sus edificaciones. Esta es, por tanto, una ciudad discapacitada, porque es ella las que nos limita y se limita a sí misma.
Dos horas después  de haber salido del trabajo, ya en la estación de Matellini, a punto de hacer  el último tramo para llegar a casa, esperaba que el semáforo se pusiere en verde y de pronto una bicicleta se pone a mi costado cubriendo, con más de la mitad de su llanta delantera, mi silla. Miro tratando de entender  que le pasa a la persona que la montaba y me di con la sorpresa de que ese tipo ya estaba con la mano estirada  esperando que le recibiera el dinero que tenía en la mano. En ese momento el semáforo  se pone en verde, muevo mi silla un poco hacia la  derecha y me dispuse a seguir rodado. Dos veces en un día me volvió a ocurrir lo que no me ocurría a hace mucho, con mucha frecuencia.

martes, 5 de marzo de 2013

Cómo hacerlo


¿Cómo hacerlo? Es inevitable, imposible. He perdido la guerra frente a tu dulzura. Cuando sonríes y me miras me siento derrotado. Me rindo ante tus ojos encantadores. Tu suave mirada me hipnotiza, tu sonrisa sincera y espontánea ablanda mi rostro y dejo a un lado ese ceño fruncido que comúnmente me caracteriza.
Tengo que reconocerlo: soy tu prisionero de guerra. Y soy el prisionero de guerra más feliz del mundo y no quiero salir de este cautiverio ridículamente hermoso. Por favor, permíteme vivir el reto de mi vida en esta prisión que es tu mirada.
Tus ojos achinados, de color negro. Tus ojos intensos me hacen decir sí a todo, sin reparo, sin un “pero”. Por favor no me pidas que me quite la vida porque soy capaz de hacerlo, sólo por complacerte, querida.
Cuando estoy a tu lado olvido todo lo demás, pierdo la noción del tiempo y es que quizá el tiempo mismo se detiene el instante en que yo me quedo observando atónito tu dulce piel color canela.

¡Cómo poder disimular lo que siento! Quiero gritarlo a los cuatro vientos (qué cuatro, a los seis vientos, a todos los vientos), quiero pintar toda la Vía Expresa de Javier Prado y en El Paseo de la Republica estas palabras: “TE AMO, ME TIENES LOQUITO”. Escribir también en los paneles publicitarios de las carreteras del Perú para que todo el mundo este enterado de lo que siento por ti. Sé que eres reservada con estas cosas, pero lo bonito de la vida debería ser difundido.

Perdí la guerra que le declare a mi corazón de no meterse en las cosas del amor. Tú me derrotaste y en vez de matarme, me capturaste. Y yo ahora sólo quiero vivir aquí, en tu corazón, toda la vida.